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´El Chico del Periodico´ ,una horda a lo absurdo.

La novela The Paperboy, escrita por el norteamericano Pete Dexter (Paris TroutDeadwood) y publicada en 1995 (editada por Anagrama en nuestro país), estuvo varios años pendiente de ser trasladada a imágenes por Pedro Almodóvar. El cineasta español escribió un borrador junto al propio autor de la novela (otras fuentes citan dos borradores), aunque finalmente abandonaría el proyecto que le hubiera supuesto su primer trabajo rodado en los Estados Unidos. Si sacamos este dato a colación es solo para imaginar cómo sería El chico del periódico (The Paperboy, 2012) firmada por el manchego: posiblemente una película bastante diferente de la realizada por Lee Daniels pero que, quizás, no habría desentonado demasiado del corpus temático y estilístico asociado a la obra de Almodóvar, ya que el material literario de origen da muchas pistas de las razones por las cuales el director de Los amantes pasajeros se sintió fuertemente atraído por la novela de Dexter durante un largo período de, según algunas fuentes, diez años (primero como guionista y director, y después solo como productor).

 

La película está ambientada en una calurosa Florida de los años 60 y tiene como protagonistas a Hillary Van Wetter (John Cusack), un hombre experto en la caza de cocodrilos acusado de asesinar a un sheriff que espera sentencia en la cárcel y a Charlotte Bless (Nicole Kidman), una desinhibida mujer que mantiene correspondencia con el reo y del cual está enamorada a pesar de conocerle tan solo epistolarmente. Aunque, en realidad, los personajes protagónicos son los de Ward Jensen (Matthew McConaughey), un periodista con aspiraciones literarias que ayudará a Charlotte a esclarecer la supuesta inocencia del preso, y el de su hermano pequeño, Jack (Zac Efron), un joven (el chico del periódico del título) fuertemente atraído por el personaje interpretado por Kidman. Cierra el círculo la presencia de Anita Chester (la cantante Macy Gray), criada del hogar de los Jensen, la cual oficiará, a través de su presencia y de su voz en off, en narradora oficial de los hechos.

 

Uno de los problemas que más afectan a la credibilidad de El chico del periódico es la arbitraria disparidad de géneros que se cruzan en el interior de esta rocambolesca historia detectivesca, relato coming-of-age y gótico sureño originario de las páginas de Dexter. Por un lado, es innegable que a Daniels le interesa la realidad social de la época en que transcurre su film, y que tiene al personaje de Anita Chester como (improbable) testigo omnisciente de todo el relato. Al igual que en Precious (2009), su director incide en la denuncia al señalar de manera bastante gruesa las desigualdades raciales inherentes al lugar y a la década retratada, un acercamiento evidentemente poco sutil del cual se hubiera adueñado John Waters si le hubieran confiado la realización de, por ejemplo, la ingenua Criadas y señoras (The Help, 2011).

 

 

Pero a su director también le atrae, y de manera muy especial, la carga erótica que desprenden los personajes, o más bien los actores que los interpretan. Zac Efron se pasea en ropa interior gran parte de la película y Daniels lo filma con indudable delectación; una magnífica Nicole Kidman supura un vulgar sex appeal con increíble naturalidad –de antológicos podríamos considerar dos momentos en los que se ve involucrada: la meada, literal, sobre el cuerpo de Efron tras ser atacado por unas medusas y el descacharrante primer encuentro “casi” físico con Hillary, su reo prometido– y, por último, el personaje de Matthew McConaughey, que descubre su condición homosexual para justificar así la exhibición de parte de su anatomía con motivo de la celebración de una orgía pasada de rosca. Porque no solo el racismo es uno de los asuntos “fuertes” que toca Daniels, también el de la homofobia (básicamente, los mismos asuntos que ya abordaba en Precious), aunque, a diferencia de esta, su director se esfuerza en planificar este confuso tótum revolútum (en Precious, directamente, obviaba dicho esfuerzo) ayudado, eso sí, por la pegajosa fotografía de Roberto Schaefer y la inspirada música firmada por Mario Grigorov.

 

El chico del periódico tuvo una acogida bastante desigual en la última edición de Cannes, y creemos que su inclusión en la sección oficial se debió, más allá del reconocimiento (injusto) que obtuvo Precious (presente en la sección “Una cierta mirada” del 2009), al eco mediático que podrían suscitar los intérpretes del film en la alfombra roja del festival, en especial Nicole Kidman. O quizás también, quién sabe, al rastro de Almodóvar y su poderosa influencia ejercida años atrás en el frustrado proyecto. La adaptación realizada por Daniels, en connivencia con el mismo Dexter, no esquiva la porción grotesca y camp que los citados Waters o Almodóvar podrían haberle insuflado como hipotéticos directores de El chico del periódico. Al menos, su inequívoco sello trash hubiera resultado bastante más genuino que el aquí pretendido.

 

publicado por óscar pablos

‘The Possession (El origen del mal)’

Sin lugar a dudas el tema de las posesiones es uno de los más recurrentes en el llamado cine de terror… así como uno de los que más posibilidades tienen de caer en el ridículo. Y esta nueva producción auspiciada por el nombre de Sam Raimi, ‘The Possession (El origen del mal)’, puede que no aporte gran cosa a este subgénero que, todo sea dicho de paso, suele jugar con unas cartas tan marcadas que es difícil incluso que con una buena mano nos puedan sorprender… pero tampoco cae en el ridículo, tal vez porque su realizador, Ole Bornedal, de quien hacía mucho tiempo que por estas latitudes no sabíamos nada, apuesta precisamente por la corrección en vez de por el riesgo de intentar sorprender, consiguiendo así una propuesta que aunque relativamente convencional resulta efectiva y, más importante, que convencerá a los que tienen fe en el género.

Echemos un vistazo a su sinopsis oficial: Clyde y Stephanie Brenek no ven motivo de alarma en la extraña obsesión de su hija, Em, por una caja antigua de madera que ha comprado de segunda mano; pero cuando su comportamiento se vuelve agresivo, la pareja empieza a temerse que haya una presencia maléfica entre ellos, sobre todo al descubrir que la caja en cuestión fue creada para albergar a un dibbuk, un espíritu desencarnado que toma posesión del cuerpo de un ser humano y acaba por destruirlo… y si sobre el papel no parece que presente nada relevante que suene distintivo, nuevo o diferente, sobre la pantalla viene a ser prácticamente lo mismo y salvo por algún recurso o momento aislado ‘The Possession (El origen del mal)’ tendrá difícil ser utilizada como referente para cuando dentro de unos meses, si es que aún nos acordamos de ella, se estrene una nueva cinta en torno a lo que se denomina, según la Wikipedia y desde un punto de vista religioso, a un tipo de trastorno del comportamiento que se atribuye al apoderamiento del espíritu del hombre por otro espíritu que obra en él como agente interno y unido con él, algo que desde el punto de vista médico, por su parte, se considera simplemente un trastorno disociativo de la histeria al que, comúnmente, se le denomina demoniopatía o demoniomanía. Interesante, ¿verdad?

 

Resulta evidente que con ‘The Possession (El origen del mal)’ sus responsables no han pretendido crear ninguna especie de ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ de las películas de posesiones, ni mucho menos los solventes Jeffrey Dean Morgan y Kyra Sedgwick que la protagonizan algo más que cobrar su correspondiente cheque por un trabajo puramente alimenticio. Su vocación como posible clásico de la materia es más bien nula y sus aptitudes demasiado limitadas como para sospechar que pueda haber vida más allá de la noche posterior a su visionado. No, ‘The Possession (El origen del mal)’ será como lo es hoy en día la ópera prima de su director, la interesante ‘El vigilante nocturno’, un efectivo pasatiempo lúdico olvidado si no fuera porque internet, o más bien google, han permitido que todos podamos tener buena memoria si sabemos en donde buscarla. De igual manera que con ‘La sombra de la noche’, remake norteamericano de su ópera prima, Ole Bornedal viene a firmar con convicción y solvencia una especie de remake de cuantas cintas sobre el tema haya podido ver a lo largo de su vida, un inevitable cóctel lleno de similitudes, parecidos y aires a déjà vú que se aferra a la carta que, a la postre, le otorga el salvoconducto hacia el triunfo: no complicarse la vida. Puede que la originalidad no sea uno de sus fuertes, pero si la convicción de saberse lo que es para usarlo en beneficio propio y ofrecer un modélico relato con, in crescendo musical previo y la seriedad justa, ocasionales momentos de terror con los que inquietar a los que tengan vocación de ser inquietados.

 

Si en ocasiones hay quien ve muertos, en otras no es tanto lo que se cuente como que al menos esté bien contado. ‘The Possession (El origen del mal)’ es de esta segunda clase de filmes, uno de tantos si se quiere ver así que puede que no haga carrera pero cuyo visionado sumará créditos a los estudiantes de la materia. No se dejen engañar por ese tramposo ‘Basado en una historia real’ que no esconde ni dudas ni dobles lecturas. Para fieles y quizá para conversos, pero no para ateos. Sus 90 minutos ofrecen una más que digna distracción que no cae en el error del recurso más difícil o más retorcido, que mantiene una coherencia que aguanta un primer pase sin grandes inconsistencias (aunque como siempre las haya) discurriendo por entre su inevitable y relativa previsibilidad con la necesaria buena letra como para que no haya que forzar la vista, se pueda seguir incluso en día de resaca y la mala ostia la podamos reservar para el día en que veamos la de Garci. Sin grandes alardes, ni visuales ni narrativos, con una economía de artificios muy elocuente en donde todas sus escenas empujan, a través de un desconcertante montaje muy seco, hacia delante aunque sea a base de perder cualquier atisbo de dramatismo que, por otro lado, no se echa de menos, ‘The Possession (El origen del mal)’ demuestra que no hay por qué ponerse triste si uno no es el mejor, baste mirarse al espejo y sentirse orgulloso de lo que se ve.

‘Prometheus’: Creacionismo para no-creyentes

Breve repaso de un mito cinematográfico: 1979, con un solo largometraje en su haber, y todavía bajo la sombra del todopoderoso Roger Corman, Ridley Scott presenta una película que, al igual que algún otro gran logro en su posteriormente longeva carrera (y es importante recordarlo), contó con el menosprecio generalizado de la comunidad cinéfila. Su famoso ”octavo pasajero” tardó en consolidarse en el sitio dentro de la historia del celuloide que debió corresponderle desde el mismo momento de su estreno, pero la cada vez más perceptible aceptación -y posterior amor incondicional- del gran público para con las babas alienígenas y la sangre ácida hicieron posible la reaparición de la Teniente Ripley, siete años terrícolas después.

 

A partir de ahí, la sufrida heroína por accidente vivió distintos episodios (más o menos delirantes, pero todos disfrutables en cierta medida) de amor-odio con la misteriosa y letal criatura del espacio exterior que marcaría su vida. Al final del trayecto (y sin contar las batallitas contra los Depredadores), el recuento de directores que habían pasado por el universo Alien (se encargarían de las sucesivas secuelas James Cameron, David Fincher y Jean-Pierre Jeunet, casi nada) haría paralizar por la envidia a la mayoría de sagas cinematográficas… pero en un rincón quedó el pionero Ridley Scott, quien no logró entender cómo nadie se tomó la molestia de profundizar en la escena más inquietante -por enigmática- planteada en la primera entrega de la franquicia.

 

Hablamos obviamente del ”space-jockey”, cuerpo humanoide gigante fosilizado en lo que parecía ser un puente de mando, cuyo hallazgo quedó eclipsado por la terrorífica irrupción de un organismo poco amistoso. Por mucho que la memoria se olvidara -muy injustamente- de aquel episodio, nada le quitó la razón a Mr. Scott. Sabe él mejor que nadie que ahora mismo, quedan muchas preguntas a las que contestar. Es por esto que sorprende el hecho que para buscar respuestas se haya asociado con Damon Lindelof, uno de los principales artífices de ‘Perdidos’, la que -por mucho que les duela a algunos- sigue siendo, de principio a fin, la serie televisiva más influyente de nuestros tiempos. Lo cual no quita que para encumbrarse hasta el Olimpo de la pequeña (?) pantalla se echara mano constantemente de aquella táctica que tan de los nervios llegó a poner sobre todo a los más curiosos. Esto es, solucionar un enigma… mientras se plantean otros cuatro.

 

Es por esto que tener una charla directa con Lindelof debe ser una de las experiencias más frustrantes que puedan llegar a imaginarse. ”¿Cómo se llama usted?” ”Damon… por cierto, su tatarabuelo me manda recuerdos para usted.” ”Pero esto es imposible, mi tatarabuelo murió veinte años de que yo naciera. ¡Jamás le conocí!” ”Por esto último no sufra, pues va a tener la oportunidad de saludarle… la semana que viene. Hasta entonces.” Siete días más tarde, el esperado encuentro se da, pero el bueno de Damon ha aparecido a la cita con un coche volador alimentado por la energía de la fusión fría, lo cual obviamente alimenta las ganas de saber más sobre el personaje en cuestión, pero el cacao mental a estas alturas ya supera al causado por haberse zambullido en el estudio de todos lo árboles genealógicos de la Tierra Media de Tolkien.

 

‘Prometheus’, esperadísimo regreso a la sci-fi por parte de Ridley Scott, no escapa -ni lo pretende- del toque Lindelof, siendo su multitud de frentes abiertos una muy atractiva puerta de entrada hacia lo que es un nuevo camino que de momento ha empezado muy bien. En este sentido, debe entenderse la apriorística -y autoinducida- crisis de identidad (¿es una precuela?, ¿es un reboot?, ¿es un apunte de pie de página dentro del mundo ‘Alien’?) del filme como una astuta táctica de marketing que, unida a la excelente promoción viral (volviendo a la Isla, la marca J.J. Abrams en este apartado es innegable), ha servido para que la expectación a su alrededor haya crecido, a lo largo de su gestación, de forma exponencial. Buena noticia para la vida comercial de una propuesta que, pensando a lo grande, debe alargarse durante años… no tan buena por el forjamiento de aquella peligrosísima arma de doble filo que es el hype.

 

Altísimas expectativas a parte, y si uno sabe sobreponerse al cabreo fruto de salir de la sala de cine sin todas las respuestas en nuestro haber (algo que por otra jamás se nos prometió, que quede claro), conjunto de circunstancias que pueden llevar a la incomprensión, incluso maltrato de la película por parte de la audiencia (una vez más, ¿se acuerdan de cómo se recibió a ‘Alien’? ¿Y a ‘Blade Runner’? Conviene tenerlo en mente), lo cierto es que ‘Prometheus’ es una más que bienvenida expedición que ha aterrizado -por fin- a nuestras salas de cine, al ser ésta un muy buen ejemplo de cómo debe ensamblarse correctamente esta tan apetecible pero a menudo demasiado infumable mezcla entre ciencia-ficción y terror.

 

Desde sus primeras tomas aéreas, lo nuevo de Ridley Scott muestra todo su potencial, y éste no tarda en materializar las mejores sospechas. Imágenes poderosas, impresionantes efectos visuales, un brillante diseño de producción, un -atención- excelente aprovechamiento de la tecnología 3D… ‘Prometheus’ es en efecto una película impecable desde el punto de vista técnico. La siguiente pregunta que cabe plantearse es, ¿hay algo más allá del envoltorio? Sí, al ser éste un escenario al que se nota que el director británico le tenía muchas ganas; un terreno que deseaba volver a pisar… y explorar. Porque a estas alturas, no importa las veces que se nos haya dicho desde más arriba que ‘Prometheus’ es una pieza independiente con respecto a toda la maquinaria ‘Alien’ (y de hecho, así es), pero los puntos comunes con la legendaria saga son más que reconocibles.

 

A falta de Sigourney Weaver, buena es Noomi Rapace en el papel de guerrera intergaláctica; a falta de Ian Holm / Lance Henriksen / Winona Rider, bueno -por no decir genial- es Michael Fassbender encarnando al droide de rigor, en este caso fascinado por Peter ”Lawrence de Arabia” O’Toole; a falta de la Nostromo, buena es la impresionante nave que ahora da título a la cinta… La lista sigue con el planetoide LV-426, Weyland Industries, la voz en off que da cierre a la aventura y otros muchos referentes guiños auto referenciales más o menos reconocibles que ayudan a crear una atmósfera familiar para los fans de ‘Alien’ (y nunca hostil para los no iniciados) y para que el autor formule un nuevo relato, empezando de cero, que ayude a satisfacer tanto al inventor de nuevos mundos como al filósofo que lleva dentro.

 

Esta conjunción de inquietudes, siempre bien compensadas en el constante juego de contrapesos planteado por Scott, retoma clásicos del género como la magistral ‘2001: Una odisea en el espacio’, o incluso la más reciente e injustamente machacada ‘Misión a Marte’ de De Palma para reflexionar sobre el origen de la vida en nuestro planeta. Hasta aquí la punta del iceberg. Un poco más al fondo está el auténtico meollo, encarnado en el personaje de la Dra. Elizabeth Shaw, definida por una en principio imposible mezcla de fe absoluta tanto hacia la ciencia como hacia lo religioso. Acompañándola está un misterioso viajante sintético, cuya relación con sus creadores esconde también buena parte de las claves para comprender el mensaje del conjunto.

 

Al igual que el titán de la mitología griega que robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres, ‘Prometheus’ actúa de mediador entre el origen y el fin; entre el inventor y el invento; entre la divinidad y su creación, reflexionando con lucidez, y sí, planteando muchas preguntas, única actitud comprensible cuando se levanta la vista y se mira hacia las estrellas. La mejor noticia es que la ambición no ahoga al producto, ni las lagunas del guión, quedando al final producto igualmente disfrutable tanto para los que van al cine a darle a la mollera, como para los que buscan emociones fuertes. Sí, si es receptivo, el cerebro estará dándole vueltas al asunto durante tiempo… y el sistema nervioso se estremecerá más de una vez con esta pesadilla lovecraftiana (estupendo el aprovechamiento de la obra de H. R. Giger, y más que servido el morbo con respecto al proyecto de Guillermo Del Toro para adaptar ‘En las montañas de la locura’) con pinceladas del mejor body-horror ideales para que vengan a la memoria recuerdos de ‘La cosa (El enigma de otro mundo)’.

 

Visto en | El Septimo Arte

Johnny Depp vuela en el universo gótico de Tim Burton “Sombras tenebrosas”

Que un director como Tim Burton, asociado casi siempre al espectro más oscuro y gótico del séptimo arte, haya tardado tanto en abordar la temática vampírica resulta, cuanto menos, sorprendente.

La oportunidad le ha llegado de la mano de su buen amigo -y actor fetiche- Johnny Depp, quién se hizo con los derechos de un serial sesentero de la ABC titulado “Dark Shadows”. Dicha serie fue pionera en el campo de la “telenovela sobrenatural”, introduciendo a todo tipo de monstruos (vampiros, fantasmas, hombres-lobo, brujas, zombies…) en tramas melodramáticas inscritas dentro de un marco fantástico, llegando incluso a abordar temas tan propios de la ciencia-ficción como los viajes en el tiempo o los universos paralelos. (más…)

Llamada Perdida, de Takashi Miike

LLAMADA PERDIDA (2003)
Director: Takashi Miike.
Intérpretes: Kou Shibasaki, Shinichi Tsutsumi, Kazue Fukiishi, Renji Ishibashi.
Cuando una estudiante de instituto llamado Yumi Nakamura (Kou Shibasaki) está tomando algo con un grupo de compañeros, su amigo Yoko recibe una llamada a su móvil con un extraño tono. En la pantalla aparece “Llamada perdida”, una comunicación que tiene fecha de tres días después. Cuando lee el mensaje que parece provenir de su propio móvil escucha un terrible grito que suena igual que la voz de Yoko.
Tres días después, a la misma hora, Yoko, profiriendo el mismo grito, se suicida tirándose desde un puenta a la vía del tren. Posteriormente se repite un caso parecido con otro participante del encuentro.

Cuando la mejor amiga de Yumi, Natsumi, reciba la llamada perdida, ésta decide intervenir en un programa de televisión en directo a la hora en la que la llamada ha sido realizada.

“No cojas el teléfono… No escuches tus mensajes.” Es lo único que te hacen saber antes de entrar a la sala de cine, al salir de ella yo diría: ¡No tengas teléfono!

Extraña. Es una película muy, muy extraña. En realidad solo esperaba asustarme con el film y no buscar ningún otro subterfugio que hiciese trabajar a mis neuronas a esas horas de la noche, pero esta cinta ya lo puede. Antes de mi crítica diré: no entendí la película. Y creo que por la cara de los demás que allí estaban, ellos tampoco.

Comienza como una clásica película de terror explicando lo que se nos viene encima: a través del teléfono móvil circula algo extrañamente poderoso que nos mata, y así en una de las primeras escenas, un personaje de la cinta recibe un extraño mensaje diciendo que tiene una llamada perdida… de su propio teléfono móvil!!!
Además no solo se limita a eso sino que quien sea que lo hace deja un mensaje en el buzón de voz de lo más extraño, un mensaje con la fecha de dos días después con los gritos de la dueña del teléfono mientras es asesinada. Parece interesante. Sin intención de estropearles la cinta diré que la chica se muere, pues es obvio, es el principio de la cinta y no es protagonista, se muere de una forma extraña que te hace querer saber lo que va a pasar, hasta el momento que el brazo amputado de la chica comienza a telefonear a la próxima víctima; supuestamente esto debería atemorizar al público en cambio levantó risas en la sala.
A partir de ahí la película entró en un carrusel rutinario de escenas sin sentido que esperas que se resuelvan en los múltiples finales que tiene la cinta, pero nada más lejos de la realidad nada se soluciona, tus dudas siguen en pie, y todavía se acrecentan más.

A pesar de que no logré comprender la película, no saber por qué la tecnología por el medio, no saber por qué un culebrón familiar que al final ni saben ellos a que familia pertececen y toda una parafernalia de diálogos un tanto estridentes, he de decir que da MIEDO, mucho miedo.
Una película larga que ha conseguido que estuviera en tensión durante todo el metraje (indico también que he reído lo suficiente en algunas secuencias que no creo que fuera ese su objetivo). Cabe destacar el largo tiempo que la protagonista está en el hospital abandonado casi al final de la película. Absténganse cardiacos.

Preguntas sin respuesta:

-¿Por qué la protagonista no sabe escapar corriendo y siempre anda por los suelos?
-¿Por qué la protagonista abraza a ese monstruo asqueroso en el hospital?
-¿Por qué después de ese tenebroso programa de televisión no le ponen seguridad policial a la chica?
-¿A que vienen los fetos en los tarros de cristal?
-¿Cómo es que el partener masculino salva a la niña perversa yendo hacia atrás en el tiempo?
-¿Qué es esa cuchilla que sale através de la mirilla?
-¿Por qué suscita carcajadas?
-¿Por qué la protagonista no deja borrar los números de teléfono de la memoria de la próxima víctima, si sería lo más normal?
-¿A que vienen los caramelos?
-¿Qué tiene la familia de la niña asmática contra el mundo?
-¿Por qué la película suscita tantas preguntas y al final no te las resuelven, no estarán pensando en una secuela?
-¿El final es una broma?


[Critica] Xp3D , un quiero y no puedo.

Aunque fue anunciada como la primera película española de terror en 3D, XP3D tendría que haberse publicitado como la primera parodia nacional de las slasher movies en formato estereoscópico.

El cortometrajista y director de televisión Sergio Vizcaíno debuta en el largometraje para la gran pantalla con una cinta que agrupa todos y cada uno de los tópicos del terror adolescente menos original. Hay chicos y chicas de buen ver dispuestos a ser asesinados, imágenes tomadas con cámaras domésticas, una leyenda acerca de un lugar abandonado y maldito, momentos sangrientos, humor garrulo, un malo desfigurado y mentes trastornadas por un pasado trágico.

No obstante, ninguno de los elementos claves en este tipo de productos termina de funcionar como debiera. El director logra sacar provecho de la profundidad de campo que le permiten las tres dimensiones, aunque no le da una verdadera entidad dramática. Tampoco acaba de dar en la diana como relato de terror, porque el cineasta no consigue una atmósfera lo suficientemente siniestra. Simplemente se limita a filmar de manera casi aséptica el reguero de asesinatos del filme.

El guion, vulgar y poco inspirado, no le ayuda demasiado. La historia de una estudiante de psiquiatría, su trastornada hermana y un grupo de compañeros que investigan la leyenda de un sanguinario doctor en un pueblo abandonado no resulta en ningún momento apasionante. La trama se limita a engarzar tópico tras tópico con poca destreza. Por si fuera poco, los diálogos provocan más risa que inquietud.

Al dislate general se suma la desastrosa labor de unos actores poco dotados y mal dirigidos que se limitan a pasear sus jóvenes cuerpos por la pantalla. Solo Manuel de Blas, como peculiar malo del largometraje, parece cómodo en un papel de mad doctor que hubiera hecho las delicias del fallecido Paul Naschy.

En resumen, XP3D es un verdadero bodrio que solo se puede disfrutar como comedia involuntaria. No obstante, si hablamos de terror en tres dimensiones, se sitúa por encima de Scar 3D, aquel horror con Angela Bettis que tuvimos que soportar hace unos meses.

Critica, ´In Time´, reinventando lo mismo.

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Casi una década ha tardado Andrew Niccol en regresar a la ciencia-ficción, género con el que, allá por finales de los noventa, se dio a conocer como director y guionista con la sobresaliente “Gattaca”. Tan sólo un año después, en forma de guión, nos obsequió con otra joyita, “El show de Truman”, dirigida en 1998 por Peter Weir.

Su siguiente acercamiento como cineasta a la ci-fi fue la fallida “Simone”, película que sirvió a los críticos para bajarle del pedestal al que ellos mismos le habían subido unos años antes. Luego recuperó algo del crédito perdido con “El señor de la guerra”, una notable sátira sobre la guerra que será recordada, entre otras cosas, por ser uno de los trabajos más dignos que hizo Nicolas Cage durante la pasada década. (más…)

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